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lunes, 19 de enero de 2015

Zilda Balsategui: una pintora social

Ayer, domingo 18 de enero, hubiera cumplido años Zilda Balsategui. Me pareció interesante recordarla como artista, ya que casi siempre se habla de ella como benefactora de la Ciudad. En el link encontrarán el texto publicado en Ecos Diarios.

Zilda Balsategui: una pintora social

martes, 27 de noviembre de 2012

 
Educar desde el ejemplo

   La noticia del fallecimiento de Celia Urrutia me tomó de sorpresa. Hacía unos meses que no nos veíamos, pero el cariño era el de antes, el de siempre.
   Mirando hacia atrás, la veo en Necología -el club de ciencias que había fundado en agosto de 1998, para seguir enseñando aún después de haberse jubilado- dando clases gratuitas a chicos que quisieran aprender Biología; nos veo apilando cajones de fruta para armar una biblioteca y luego clasificando los libros que irían en ellos, para que los asistentes al club pudieran utilizarlos; la veo en mi casa, trayéndome de regalo un llamador de ángeles que mandó hacer para mí, con la afinación del piano, y tomando chocolate el día de mi cumpleaños; nos veo junto a Balech, o caminando por la Estación Hidrobiológica de Quequén o paseando en su coche por la ciudad mientas conversábamos. Y vuelvo a escuchar su voz, a oír su risa.
   Durante muchos años de amistad, recibí de ella no solo afecto sino también muchas enseñanzas y no pocos regalos. Era capaz de dejarme un sobre con mi nombre y al abrirlo encontraba una foto con una inscripción suya en el reverso, como si fuera una caricia dada a la distancia. O de mandar una caja de chocolates para “los tres hermosos adolescentes de la casa”, porque también se había hecho amiga y compañera de mis hermanos. Pero, al mismo tiempo, era ella quien pedía cariño y lo hacía saber indirectamente cuando acudía en busca de un consejo o al pedir que uno se quedara un rato más cada vez que iba a visitarla.
   Celia fue una persona fiel a sus ideas. Jamás se llamó a silencio cuando le parecía que tenía que defender a algo o a alguien. Luchó con todas las armas a su alcance (que eran las de los medios de comunicación y las palabras, justo es aclararlo) para que Necochea no siguiera perdiendo árboles todos los días; trató de hacer conocer entre sus conciudadanos la labor del Prof. Enrique Balech, a quien admiraba devotamente y homenajeó tantas veces como le fue posible; y enseñó cuanto supo, porque, como ella decía, la única forma de aprender es haciendo las cosas. En pocas palabras, educó desde el ejemplo (como aquella “maestra argentina / segunda madre y obrera” de la canción de María Elena Walsh que tanto le gustaba).

[La foto es de agosto de 2010. De izquierda a derecha: A.D.M., Zilda Balsategui y Celia Urrutia]

jueves, 25 de octubre de 2012

La Fiesta Nacional de las Letras de Necochea

[Del 17 al 19 de Octubre tuvo lugar la Fiesta Nacional de las Letras de Necochea. Estuvieron presentes Pablo De Santis, María Rosa Lojo, Gonzalo Garcés, Jorge Torres Zavaleta y Martín Kasañetz. Terminada la Fiesta, Ecos Diarios me pidió esta nota que copio más abajo y que fue publicada en el matutino local el domingo 21]
 
La Fiesta Nacional de las Letras surgió en los años ’60. Es imposible dar una fecha exacta del inicio de actividades de la Comisión Organizadora, y un listado completo de sus integrantes porque -incomprensiblemente- se ha perdido gran parte de la documentación de esa época; sólo queda un puñado de nombres, entre los que se destaca el de Zilda Balsategui, secundado por otros que fueron cambiando a medida que pasaba el tiempo.

En enero de 1964 se hizo la primera edición de la Fiesta Nacional de las Letras. Las actividades duraron una semana, y tanto necochenses como turistas pudieron disfrutar de la presencia de Jorge Luis Borges, Adolfo  Bioy Casares, Manuel Mujica Lainez, Victoria Ocampo, Silvina Bullrich, Marta Lynch, etcétera. Una nota del diario Clarín del 20 de enero indica que el día anterior habló Borges sobre literatura fantástica, que Juan Carlos Castagnino exhibió una serie de obras en la Galería Central y que hubo una exposición de libros antiguos. En los otros días hubo coloquios en la playa, una conferencia de Manucho para presentar su novela Bomarzo, y hasta una exposición de dibujos hechos por escritores. También se entregó el Premio Fiesta Nacional de las Letras, y según me contó María Esther Vázquez, lo ganó Estela Canto con una novela cuyos capítulos estaban escritos para complacer a cada uno de los miembros del jurado.

A partir de la segunda Fiesta vinieron, entre otros, María Esther de Miguel, Alicia Jurado, Federico Peltzer, Leda Valladares, Juan García Gayo, Luisa Mercedes Levinson, Luisa Valenzuela, Oscar Hermes Villordo, María Elena Walsh y José Luis Lanuza. Los programas de aquella época sorprenden por la actualidad de las actividades: el juicio al lector, mesas redondas sobre la influencia de los medios de comunicación en la literatura y en la sociedad, sexo y morbo en la literatura, la función del periodismo y la crítica literaria...

 

            Como suele suceder casi siempre, por falta de fondos se dejó de hacer la Fiesta. La Sociedad Argentina de Escritores, a mediados de la década de 1970, reclamaba que se continuara con la actividad, que había sido el antecedente directo de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Pero era imposible. Se hicieron algunas ediciones, con la calidad de antaño pero más espaciadas en el tiempo. Y, para el cuarto centenario de la publicación del Quijote, el Centro Cultural de Necochea decidió retomar la Fiesta, costara lo que costara.

            Para la primera Fiesta de las Letras que organizamos desde el Centro Cultural contamos con la ayuda y la buena predisposición de Leopoldo Brizuela, que puso a nuestra disposición su libreta de direcciones y nos contactó con escritores de primer nivel, que nos acompañaron durante de la Fiesta; así, junto con él llegaron Luisa Valenzuela, Martín Kohan y Marcela Solá. Se sumaron algunos participantes de ediciones anteriores, amigos de Zilda: Peltzer, García Gayo, Horacio Salas,  Julio Crespo y Rafael Oteriño. También trajimos a María Rosa Lojo, Jorge Torres Zavaleta, Vicente Battista, Ángela Pradelli, Guillermo Martínez... Fueron a los colegios, hablaron en la Biblioteca, hicieron juegos literarios. Realmente fue un grupo excelente, muy divertido, del que guardamos un muy lindo recuerdo.  

            Dos años después se pudo organizar una nueva Fiesta. Duró una semana, y tuvimos el placer de rencontrar a los amigos de siempre: Brizuela, Kohan, Salas, Torres Zavaleta, y de sumar nuevos escritores. Entonces, la Fiesta era doble: festejamos los primeros cien años de la Biblioteca. Pudimos ofrecer un abanico de propuestas a la ciudad, y todo salió perfecto; pero nadie sabía que, por largos años, iba a ser la última.

Este año, en marzo, decimos luchar contra viento y marea para hacer una nueva edición de la Fiesta Nacional de las Letras. Nos vimos obligados a reducirla a tres días, por falta de presupuesto; pero fueron tres días de intensa actividad. Recibimos la visita de cinco grandes escritores: María Rosa Lojo, Pablo De Santis, Gonzalo Garcés, Jorge Torres Zavaleta y Martín Kasañetz, que concentraron la atención del púbico sin importar las diferencias de edades. Supieron cautivar a alumnos de colegios primarios y secundarios y hasta jugar con ellos a crear una historia (no puedo omitir la alegría de los alumnos de tercer grado de la Escuela Argentino Danesa Alta-Mira, que se resistían a dejar salir de su aula a Pablo De Santis; ni el cálido recibimiento de los chicos que cursan el secundario en el Colegio Pío XII y en el Colegio Nacional); generaron un espacio de aprendizaje; y, por sobre todas las cosas, lograron dejarnos a todos pensando y emocionados.

Durante mucho tiempo, las autoridades del Centro Cultural de Necochea soñamos con la Fiesta de las Letras. Queríamos hacerla otra vez; queríamos producir de nuevo ese encuentro casi mágico entre autor y lector e incentivar tanto la creatividad como la pasión por la literatura. Porque es claro que antes de enseñar a escribir hay que enseñar a leer, y ese es uno de los objetivos de la Fiesta: despertar el interés de los lectores, abrirles los ojos ante autores clásicos y modernos. Y creo que lo logramos. Antes de irse, los escritores que nos acompañaron preguntaron si volveríamos a hacer la Fiesta el año próximo. Se fueron contentos, prometiendo volver, mientras nosotros los despedíamos y comentábamos en voz baja cuánto nos gustaría que así fuera.

 

Recuerdos de la Fiesta de las Letras:

            A lo largo de los años, fui reuniendo una serie de recuerdos de la Fiesta de las Letras, de algunos escritores que habían participado desde las primeras ediciones. Transcribo tres, que me parecen sumamente descriptivos.

            Antonio Requeni: “Viví momentos muy felices de camaradería y fervor literario junto a colegas con muchos de los cuales intimé a partir de aquellas jornadas. Además, mi libro Manifestación de bienes, de 1965, fue uno de los ganadores del premio de la Fiesta de las Letras de Necochea. Asistí varios años a la Fiesta y mi recuerdo es imborrable. Fue, por otra parte, uno de los acontecimientos literarios más importantes que se realizaron en el país”

Luisa Valenzuela: “Yo estuve en el ’68. Fue un grupo memorable, que además de consagrarse a los serios debates se permitió espacio para el festejo, como corresponde. Manuel Puig imitaba a Berta Singerman, Ricardo Mosquera Eastman organizó el primer (y espero que no único) “Juicio al lector”. Estaban, entre otros y otras, Leopoldo Marechal que me resultó un hombre de gran sentido del humor, la entrañable Sara Gallardo, mi amiga Alicia Dujovne Ortiz con quien nunca paramos de reír.”

Rafael Oteriño: “Recuerdo, sin cronología ni circunstancias: la conferencia de Manucho sobre cómo escribió “Bomarzo”, y el juego de palabras con el que la precedió: “¿Cómo?, ¿escribí Bomarzo?”; “Como. Escribí Bomarzo”, etcétera; las noches en la “Taberna griega”, la velada de despedida en casa de Zilda Balsategui; las mañanas en la playa en las que el poeta Romilio Ribero hacía extrañas danzas con un pareo; la discusión sobre la naturaleza de la poesía, con Armani y Alonso, en la que abundamos, hasta el cansancio, de la referencia a Ungaretti…”
 

Fiesta Nacional de las Letras, 1965.
A ambos lados del monumento, Alicia Jurado y María Esther de Miguel;
detrás, Victoria Ocampo (con lentes). La foto me la regaló, hace años, Alicia Jurado.

lunes, 25 de junio de 2012

Bioy fotógrafo I

Aquí dejo una nota de "Ecos Diarios", el matutino necochense, sobre la exposición de retratros de escritores tomados por Adolfo Bioy Casares. La muestra incluye 10 retratos (Silvina Ocampo, Borges, María Esther Vázquez, Alicia Jurado, Manuel Mujica Lainez, María Elena Walsh), un texto escrito especialmente por María Esther Vázquez y dos recuerdos de Pedro Roth y Sara Facio.

También subo una foto de la inauguración, tomada por mi amiga Juliana Orihuela.

lunes, 30 de abril de 2012

Palabras para un homenaje a Bioy

Lectura y relectura

Muchas veces un escritor nos lleva a otro. En mi caso, llegué a Adolfo Bioy Casares de la mano de su mujer, Silvina Ocampo. Fue en el otoño de 1998. Primero leí algunos cuentos; después, con La invención de Morel, entré de lleno en su obra.
Cuando pienso en Bioy como escritor, reconozco que tiene páginas memorables y otras que no lo son tanto. Lo he leído lo suficiente, desde el primer al último libro, como para hablar desde el punto de vista de lector. Y eso es lo que haré.
Bioy se avergonzaba de sus primeras publicaciones, y eso es casi una constante entre los escritores: se perdieron Las mollejas de Mujica Lainez, muchos poemas juveniles de Borges; y hasta Martín Kohan me dijo una vez que él era el primer interesado en hacer desaparecer sus primeras páginas. Pero volvamos a Bioy. Desde 1929 hasta 1937, publicó seis libros de los que después se arrepintió: Prólogo, Diecisiete disparos contra lo por venir, Caos, La nueva tormenta, La estatua casera y Luis Greve, muerto. A menudo escuché decir a Jovita Iglesias, su ama de llaves, que “cuando la gente se aburría en las sobremesas, el señor traía uno de sus primeros libros y leía algo al azar sin decir de dónde era; luego, mientras todo el mundo se reía a carcajadas, aprovechaba para salir corriendo a guardarlo en su lugar: la parte más alta de una de las alacenas de la cocina”. Este comentario se complementa con algo que me contó Alicia Jurado en su casa de Santa Fe y Ecuador -casa que fue de los Bioy en los ’40-: “Recuerdo que Papá le decía a Mamá que el pobre Doctor Bioy tenía un hijo a quien le daba por escribir y publicaba unos libros que nadie entendía; es verdad que los primeros eran incomprensibles; Adolfito era muy joven”.
Habiendo releído últimamente esos seis libros, llegué a la siguiente conclusión: el único meritorio es Luis Greve, muerto. Y digo esto porque el lector atento puede descubrir en los cuentos de ese volumen algunos rasgos de la que fue su escritura posterior: Bioy parece haberse desprendido de la influencia de los teóricos y filólogos españoles para adquirir una prosa más conversada, si se quiere, más cercana a la que trabajaría luego; está el humor, que tanto le gustaba y que atraviesa buena parte de sus trabajos; y aparece cierta influencia de la literatura fantástica que ya consumía con Silvina y con Borges.
Bioy decía que “para escribir bien hay que escribir mucho, hay que pensar, hay que imaginar, hay que leer en voz alta lo que uno escribe, hay que acertar, hay que equivocarse, hay que corregir las equivocaciones, hay que descartar lo que sale mal”. Esa idea fue la que lo llevó a escribir un libro casi perfecto como el que lo consagró: La invención de Morel, publicado cuando él tenía 26 años.
De La invención de Morel y las publicaciones posteriores se ha hablado mucho; incluso ha habido ensayos críticos sobre el tema y hasta versiones cinematográficas que presentan lo que podría tomarse como una relectura de la obra. Puedo decir, sin embargo, que tanto La invención… como los dos libros que siguieron (El perjurio de la nieve y Plan de evasión) fueron construidos de tal forma que poco quedó liberado a la imaginación del lector; Bioy comentó, en alguna entrevista, que eso era porque trabajó los textos como si fueran mecanismos de relojería: todo tenía que estar perfectamente puesto y nada podía quedar suelto para que la cosa funcionara bien.
Fue a partir de El sueño de los héroes -novela que le llevó unos cuantos años de trabajo y que era su preferida- cuando Bioy empezó a escribir como Bioy, con ese estilo característico suyo de escritura sencilla y apta para el diálogo autor-lector. Esto se mantuvo hasta entrados los años ’90, época en que, después de sortear no pocos malos momentos y problemas de salud, empezó a declinar. De ese momento datan, también, varios libros de conversaciones, y uno -lector curioso- advierte que Bioy fue mejor escritor que conversador. (Por supuesto que, si analizamos todas esas entrevistas reunidas en varios volúmenes encontraremos un montón de consejos, de comentarios de lecturas, de anécdotas; pero el verdadero diálogo con Bioy está en sus cuentos y en sus novelas, y hasta en aquel librito encantador, Memoria sobre la pampa y los gauchos, en que logra dar una imagen acertada, crítica y melancólica al mismo tiempo de este personaje típicamente criollo).
No puedo evitar, en esta instancia, referirme a los diarios de Adolfo Bioy Casares. En vida del autor se publicó uno solo, hasta donde yo sé: Unos días en Brasil. Fue una tirada reducida, de apenas cien ejemplares. Y el texto no es de los que más me gustan, porque creo que su imagen se contradice, un poco, con lo que nos deja ver en esas páginas. Ahora, creo que la verdadera distorsión empieza con Descanso de caminantes y Borges; pero no sé hasta dónde fue obra de él y hasta dónde no…
Para terminar, voy a contarles algo más. Hace unos días saqué de una de las bibliotecas de mi casa Adolfo Bioy Casares a la hora de escribir. Mi ejemplar había sido de Alicia Jurado, y de ella lo recibí poco antes de su muerte, con unas marcas en tinta azul que indican los pasajes que más le interesaban. (A esas llaves, a esos subrayados, se han sumado los míos, hechos a lápiz). Lo abrí al azar, y encontré esta frase de Bioy remarcada por mi inolvidable amiga: “Creo que los lectores salen siempre favorecidos cuando uno escribe con gusto”. Me quedé pensando un momento, y comprendí que tenía razón. Quizás por eso mismo vuelvo a Bioy continuamente, en una lectura y relectura constante.


(Palabras para un homenaje a Bioy en la Feria del Libro de Buenos Aires, 2012)

miércoles, 4 de enero de 2012

Dos libros y una nota en La Nación

Después de un tiempo sin subir material, quiero mostrarles las tapas de mis dos últimas publicaciones: dos plaquetas -una de poemas y otra de canciones- de Rabindranath Tagore, que seleccioné y traduje como homenaje en el sesquicentenario del nacimiento del escritor.





Además, les dejo un link del Diario La Nación de Buenos Aires, donde comentan la conferencia sobre Tagore y Victoria que dí para el IV Festival de la India en Buenos Aires.




sábado, 21 de mayo de 2011

La amistad no desaparece






La amistad no desaparece.






- ¿Leíste La Nación? Me pregunta una amiga por teléfono.


- No, ¿qué pasó?


- Alicia.



Corrí a buscar la noticia en la edición digital. Cuatro avisos “en las cruces”, como ella hubiera dicho. No lo podía creer. Se me caían las lágrimas recordando las últimas palabras que me dijo: “Quisiera verlo prontito. Espero estar viva cuando vuelva de la India, así me cuenta todo”. Fue dos días antes de viajar; y ahora, a dos días de mi llegada, su partida.



Conocí a Alicia Jurado hace muchos años. Nos presentó María Esther Vázquez, en un acto de la Fundación Victoria Ocampo. Desde entonces fuimos amigos; primero, una amistad a la inglesa, que fue dando paso, de a poco, a la verdadera. Hablamos horas de horas; nos escribíamos continuamente; y cada vez que yo viajaba a Buenos Aires era una especie de rito visitarla en su casa (aquel departamento de la calle Santa Fe y Ecuador donde habían vivido los Bioy a comienzos de la década de 1940).



Durante nuestra primera conversación hablamos de Leguas de polvo y sueño, el libro de cuentos que le dedicó a la estancia paterna. Quizás le sorprendió que lo hubiera leído, a mi edad. Pero también creo que el hecho de comentar esos relatos (Alicia los llamaba así porque todos están basados en hechos reales que retocó desde la ficción) debe haber facilitado las cosas ante ella, que casi no tenía relación con la gente joven.



Luego, usando los medios de comunicación a nuestro alcance, fuimos hablando de todo lo que uno pudiera imaginarse. En largas sobremesas revisamos álbumes de fotografías, libros, papeles y traducciones. Y, después, seguían en las cartas. Teníamos el hábito de la correspondencia, y, cuando ya le costaba escribir por el reuma y la artrosis, esperaba mis envíos y los respondía con un llamado telefónico que podía durar horas. Pero también solía llamarme para comentar una noticia ("¡Mire lo que dice el diario de hoy. Es una barbaridad!" y me leía el texto), o para pedirme que le contara, otra vez, una anécdota que la había divertido. Y es así como quiero recordarla, lúcida hasta el final, e incansable.



No puedo hilvanar palabras para escribir lo que quisiera; pero tampoco puedo dejar de decir lo que siento. Los recuerdos se amontonan, se superponen unos a otros, y es imposible hacer una selección. Pienso en Alicia y la veo sentada en su salita (un cuarto empapelado color verde agua, sobre Santa Fe, al lado del escritorio de Boy), siempre con algún libro a mano o haciendo tapicería a la aguja, y dispuesta a contarme cuanta cosa yo quisiera saber, porque no solo hablábamos de literatura, claro está. Pienso en Alicia y oigo su voz, con esos silencios a mitad de la frase, contándome cosas de un pasado que le iluminaba los ojos. Pienso en Alicia y recuerdo el poema que le dedicó a Borges al cumplirse veinte años de su muerte:



… Me dejaste


con un amigo menos en la tierra.


Cuando pienso hoy en ti, es nuestra risa


la que siempre perdura en mi memoria:


el humor, el jugar con el lenguaje,


el adjetivo inesperado, el verbo


insólito, el alegre disparate,


la opinión memorable y el certero


juicio, a veces duro y siempre ético.



[…] Ya no tendré conmigo este deleite,


la impar inteligencia que fue tuya.


[…] Pero no se borra


mientras viva, el recuerdo de esa risa.



Entonces se lo pido prestado, para homenajearla a ella. Porque yo recuerdo su sonrisa alegre aún en momentos difíciles, y repito de memoria el final de la dedicatoria que puso en mi ejemplar de sus Poemas de juventud: “la amistad no desaparece”.





Alicia Jurado hubiera cumplido 89 años el 22 de mayo de 2011; lamentablemente, se fue el 9 del mismo mes. Estas palabras fueron escritas el 10 de mayo.

jueves, 27 de enero de 2011

Victoria Ocampo campeona de la causa de la mujer

Victoria Ocampo (7/4/1890 – 27/1/1979) luchó toda su vida, incansablemente, por los derechos de la mujer. Había nacido en una de las familias más tradicionales de Buenos Aires, en las postrimerías de la era victoriana; y desde chica padeció las diferencias de género: el hijo de uno de los sirvientes de sus tías no quería jugar con ella por ser mujer; su padre lamentaba que, por esa misma causa, no pudiera seguir una carrera universitaria; un joven vecino se le burlaba de las restricciones impuestas por las pacatas convenciones sociales de entonces; su marido la consideraba una propiedad comparable con un mueble; y su amante era el único que la comprendía y la impulsaba para que desarrollara su talento artístico (literario, musical, escénico). Por eso, cuando se le presentó la oportunidad de abogar por la causa de la mujer, jamás se quedó de brazos cruzados.

A mediados de los años ’30, la figura y la obra de Victoria Ocampo eran conocidas en casi toda América y en Europa. En ese momento, más precisamente en 1936, fundó la Unión de Mujeres Argentinas (UMA), de la que fue elegida presidente (la acompañaban María Rosa Oliver -vicepresidente- y Susana Larguía -secretaria-, dos amigas de toda la vida). La organización, que no tenía filiación política, buscaba la igualdad de género, oportunidades y responsabilidades entre el hombre y la mujer a través de una campaña de educación sobre la mujer en los gobiernos democráticos (educación cívica y sexual, protección de la mujer en su ámbito de trabajo, prevención de la prostitución, etc.); había surgido para impedir una reforma a la ley 11.357, que pretendía regresar a la mujer al estado de dependencia del marido
Victoria solía escribir los panfletos de la UMA, que luego eran repartidos en la calle Florida, en Buenos Aires. Uno de esos textos, “La mujer, sus derechos y sus responsabilidades”, escrito hace setenta y cinco años, sorprende por su vigencia; dice: “Lo que los hombres, fuera de una minoría que bendigo, no parecen comprender, es que no nos interesa en absoluto [a las mujeres] ocupar su puesto, sino ocupar por entero el nuestro, cosa que hasta ahora no ha ocurrido”.1
Años después, durante el gobierno de Perón (el mismo que la mandó a la cárcel, en 1953) se gestaron algunas leyes que favorecían a la mujer: una ley de divorcio que duró tanto como un papel en el fuego; otra que establecía el voto femenino; y varias sobre cuestiones de familia. Victoria celebró los aciertos legislativos de un régimen con el que no comulgaba. De ahí que sea tan descabellado, si se me permite decirlo así, el supuesto encuentro entre ella y la primera dama que Mónica Ottino creó para Evita y Victoria, donde la escritora se niega al sufragio universal para evitar que Perón se quede en la Presidencia (Recuerdo el pasaje donde Eva le pide que la ayude y Victoria se niega; y recuerdo el día que, durante una representación de China Zorrilla, una mujer del público se levantó y gritó “Ayúdela, señora, de usted dependemos todas”).

En las décadas de 1960 y 1970, muchas de las páginas que escribió Victoria versaron sobre la condición de la mujer. Cuando recibió el Premio Vaccaro, cuando se planteó una disyuntiva respecto al valor de la declaración de la mujer en juicios, cuando se discutía si los hijos debían llevar el apellido de la madre, en todos estos casos, la voz de Victoria se levantó a favor de sus congéneres. Sin embargo, los acordes finales del concierto fueron dos: el número de la Revista SUR dedicado íntegramente a la mujer y su recepción en la Academia Argentina de Letras.
Cuando la Revista SUR dejó de editarse regularmente, después de cuarenta años, Victoria decidió que se “despediría” con un número que planeaba desde el principio, sobre la mujer. “El volumen se abre con un mensaje laudatorio de la primer ministro de la India, Indira Gandhi. […] A la voz de Indira, de quien se incluye también parte de un discurso pronunciado en la Universidad de Bombay, se suma la de Golda Meir, en ese momento primer ministro de Israel y, entre otras, las voces de Alicia Moreau de Justo, Ernesto Sabato, la de Roberto Arlt –con un relato titulado noviazgo moro en Marruecos en el año 1935- y mucho más. Luego la revista planteaba dos encuestas; la primera con 53 preguntas destinadas a indagar qué pensaba la mujer -de 15 a 35 años (74 en total)- de su papel en el mundo, destino y responsabilidad. Esta encuesta era anónima. A la segunda, en cambio, contestaron, con nombre y apellido, [49] escritoras, actrices, mujeres de las ciencias, de las artes, del trabajo social y del periodismo, a ocho preguntas. […] En la sección final se publicaron importantes documentos internacionales que abogaban por el fin de la discriminación sexual.”2 A partir de entonces, la revista se publicó semestralmente y a manera de antología de las mejores paginas aparecidas en ella.
En junio de 1977 Victoria Ocampo ingresó a la Academia Argentina de Letras como miembro de número. Al principio se había negado, pero algunas personas cercanas a ella la convencieron para que aceptara el nombramiento. Alicia Jurado me contó que fue a verla a San Isidro y le dijo que no podía negarse porque eso le abriría las puertas de la Academia a otras mujeres (sin pensar que ella sería la sucesora de Victoria). El discurso que brindó en la jornada de recepción se titula “Mujeres en la Academia” y felicita, graciosamente, a los cofrades académicos por aceptar a una mujer entre ellos y a las mujeres, porque a partir de entonces podrán acceder a los sillones académicos. Pero en ese discurso poco convencional -o tan de V.O.- ella no deja de transmitir su amargura por lo que vive “la mitad de la humanidad” y lleva al estrado a tres mujeres importantísimas de su vida: Virginia Woolf, Gabriela Mistral y Águeda, una india guaraní de la que descendía y de la que debe haber heredado algo de coraje.
Lúcida hasta el final, Victoria siguió de cerca todo lo que tuviera que ver con sus congéneres. Fue campeona de la causa de la mujer, aún desde su cuarto de enferma (ese que no abandonó durante el último año de su vida sino en contadísimas ocasiones, como para asistir a las sesiones académicas).
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1 Ocampo, Victoria: “La mujer, sus derechos y sus responsabilidades” en La mujer y su expresión. Editorial SUR, Buenos Aires, 1936. Pág. 57.
2 Vázquez, María Esther: Victoria Ocampo. Editorial Planeta, Buenos Aires, 1991. Pág. 209.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Otra vez, sábado a la noche

A María Laura Guevara

Cuando Marcelo murió, Regina sintió que su vida se desmoronaba. Habían estado juntos muchos años, cerca de cuarenta entre persecuciones, noviazgo y matrimonio. Por eso le costaba soltar la mano de su marido y dejarlo solo por primera vez en tanto tiempo. Sin embargo, con los ojos llenos de lágrimas se levantó del asiento que ocupaba junto al lecho, apoyó la mano sobre la sábana blanquísima y se quedó de pie, mirándolo. Después lo besó en la frente con infinita ternura, y pidió a quienes la acompañaban que la dejaran a solas con él.
Una vez que Regina y Marcelo quedaron solos, ella se sentó otra vez a su lado y empezó a cantarle con voz queda el aria de L’elisir d’amore que le había regalado en su noche de bodas. Ese canto sellaba un juramento que él le había pedido: quería que cuando muriera, pues suponía que se iría primero, ella lo recordara cantando ésa página que había entonado durante su primera noche juntos, en aquél céntrico hotel de Lisboa, y no con lágrimas de amargura. Y Regina cumplió, ahogando su llanto para cantar la partitura de Donizzetti.

Los funerales de Marcelo llevaron su tiempo y el luto de Regina fue riguroso. Pese a todo, ella se mostraba fuerte. Y cuando la familia de Marcelo intentó acercársele, después de años de desprecio, se mantuvo digna como siempre y los rechazó. Decidió que era mejor así: si ellos no habían aceptado su casamiento y habían descuidado a su esposo, ¿qué interés les despertaría ella, afectivamente hablando?
Regina se recluyó en la casa que había habitado con Marcelo durante sus últimos meses. Apenas salía; la abrumaban las dificultades económicas y vivía de magras rentas. Sin embargo, durante veintitrés años, todos los meses cumpliría una suerte de ritual: el día del aniversario de la muerte de su marido iba al cementerio a llevarle un bouquet de flores idéntico a los que él le regalaba durante su noviazgo.
Los sábados a la noche, antes de sentarse a comer, Regina se encerraba en su dormitorio. Agarraba un retrato de Marcelo que tenía en su mesita de noche, y con él en brazos como si fuera una critatura, cantaba un fragmento de L’elisir d’amore. Esa especie de función privada de ópera remedaba la lejana noche en que conoció a su gran amor en el Politeama, y la noche de bodas en Lisboa. Era, otra vez, sábado a la noche. Y Regina, sola, cantaba para su Marcelo, cuya tácita presencia sentía aún en el cuarto.


Regina Pacini y Marcelo Torcuato de Alvear


domingo, 10 de octubre de 2010

Masitas con paté y abrazos llenos de cariño

Una visita a Luisa Valenzuela



Anochece en Buenos Aires. Bajo del taxi en la esquina de Juramento y Artilleros y camino veinte metros hasta la casa de Luisa Valenzuela. Ni bien toco el timbre, María abre la puerta y me hace pasar al living. Luisa llega al instante; viene desde el escritorio hablando por teléfono, pero eso no impide darnos un fuerte abrazo y algunos besos. Hace casi un año que no nos vemos, y en el medio ella tuvo un problema de salud; sin embargo está espléndida.
Mientras espero que termine la llamada miro los cuadros que cubren una pared, el mural que viste otra y los libros prolijamente ordenados en una biblioteca. La casa es tan original y encantadora como su dueña. “Era una fábrica y la transformé en esto”, dice ella haciendo a un lado el inalámbrico negro. Por una ventana inmensa entra el jardín, que se prolonga en el interior con algunas plantas y la jaula de los loros; y, a la derecha, el escritorio de Luisa, literalmente tapizado de libros, papeles, cuadros y objetos traídos de todo el mundo.
Cuando colgó el teléfono, Luisa pidió que nos trajeran “algo para tomar y un patecito”. Nos sentamos en el living, en esos sillones victorianos que eran de sus tíos y que ella adora. Y hablamos, hablamos mucho mientras ella me daba masitas con un paté riquísimo, una tras otra. Durante dos horas de conversación no dejamos casi nada sin decir. Ella recordó viejas Fiestas de las Letras (“cuando Manuel Puig recitaba imitando a Berta Singermann, y luego, al entrar el teatro, ella estaba diciendo el mismo poema, no podíamos aguantar la risa”, o “cuando el gordo Mosquera hizo el Juicio al lector, que fue divertidísimo”), de Norah Borges (“ahí, en ese cuadro, está mamá [la talentosísima Luisa Mercedes Levinson] tocando el arpa; en el escritorio hay un retrato que le hizo a mi hermana, y había uno mío que se ha perdido, seguramente porque no gustó demasiado”), de su madre, de amigos comunes (el genial Leopoldo Brizuela, que fue quien nos presentó hace años, Zilda Balsategui, Miroslav Scheuba), de la Feria del Libro de Frankfurt, porque faltaban dos días para que se fuera.
Durante la conversación le robé una fotografía. Digo que se la robé porque se la saqué en un momento que ella estaba distraída, riéndose de algo que yo le había contado, con una copa en la mano. Recién cuando disparó el flash Luisa se dio cuenta de mi propósito. Y volvió a reírse, recostada en el sillón.
Antes de irme de la casa, Luisa me regaló varios libros suyos. Los que yo no había leído, claro. Entre ellos estaba la primera edición de Aquí pasan cosas raras (De la Flor, 1975), Peligrosas palabras (Temas, 2001), y la mexicana de El mañana (Fondo de Cultura Económica, 2010) En todos escribió una cálida dedicatoria, pero quizás la más linda sea la que puso en el ejemplar que contiene sus ensayos: “Para Axel, abrazos llenos de cariño”.

A.D.M., Luisa Valenzuela y Nicolás Antonioli, en casa de L.V.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Una nota del diario El Tiempo, de Azul


Un jardín de infantes se llama Balech


El pasado martes 31 de agosto se le dio el nombre de Prof. Enrique Balech al Jardín de Infantes N° 903 de Necochea. En el acto hablaron la Directora del establecimiento, Rosana Debenedetti, la Inspectora Gabriela Cernello, el Director de la Estación Hidrobiológica de Puerto Quequén, Gustaavo Chiaramonte, y Axel Díaz Maimone, en representación de los amigos del Prof. Balech.

Tres amigos de Balech, A. D. M., Zilda Balsategui y Celia Urrutia, conversan después del acto.

Link de Ecos Diarios: http://www.ecosdiariosweb.com.ar/index.php?option=com_content&view=article&id=3793:impusieron-nombre-de-balech-a-un-jardin&catid=1:locales&Itemid=2


lunes, 16 de agosto de 2010

Invitación: Conferencia en Azul


Estimados amigos:
El próximo sábado 21 de agosto, a las 19 hs, daré una conferencia en la Biblioteca Ronco de Azul. El tema será la relación de la familia Bioy con Villa Pardo (la localidad del Partido de Las Flores donde se encuentra la Estancia Rincón Viejo). A su vez, se proyectarán numerosas fotografías de los Bioy, de Pardo, de la Estancia y de Las Flores, provenientes de mi ciolección particular y en su mayoría inéditas.
Los espero.

Casa de la estancia Rincón Viejo, en Pardo.


lunes, 19 de julio de 2010

Instantánea


Siempre me interesó la fotografía. Sin embargo, pocas veces me he dejado retratar. Juliana Orhuela me tomó esta instantánea una tarde, en la Biblioteca, mientras yo conversaba con Leo Brizuela.

domingo, 4 de julio de 2010

“Borges fue el ser más inteligente y divertido que conocí” Alicia Jurado



La escritora Alicia Jurado, primera biógrafa y amiga personal de Jorge Luis Borges, recuerda al autor de Ficciones.

ADM: - ¿Cuándo y cómo conoció a Borges?


AJ - Conocí a Borges en 1954. Desde entonces y hasta su muerte fuimos muy amigos. Recuerdo haberle leído muchas horas, sobre todo los autores ingleses que prefería; tal vez me usó para leerle en inglés porque desde muy chica hablo ese idioma. No sólo fue Borges el ser más inteligente que conocí, sino el más divertido; con nadie me he reído más.


ADM: - ¿Qué significó, tanto en su vida personal como en su carrera literaria haber sido la primera biógrafa de Jorge Luis Borges?


AJ: - Fui su primera biógrafa porque Pepe Bianco dirigía la colección Genio y Figura para EUDEBA y me lo encargó. Yo era amiga de él [de Borges] y de su madre, que me dio casi todos los datos sobre sus hijos. También conocí a Norah, de quien tengo un cuadro y un retrato mío, y a su marido, Guillermo de Torre. Ser su primera biógrafa no es tan importante como mi larga relación con él. Como escritora, le debo tanto a su enseñanza de claridad y de economía verbal; y en lo personal, se convirtió en una costumbre muy grata que ahora añoro.


ADM: - Usted dice que lo más importante fue su relación con Borges, ¿cómo fue esa relación?


AJ: - Comíamos muchas veces juntos, en restaurantes o en mi casa. Yo iba a la suya a tomar el té con Leonorcita [Leonor Acevedo de Borges] y él solía llegar después. Lo acompañé a muchísimas conferencias suyas y durante dos años seguidos fui a sus cursos de Literatura Inglesa en la Facultad de Filosofía. Lo acompañé en varios viajes a provincias argentinas…


ADM: - ¿Cuáles fueron las principales dificultades que contó al escribir la primera biografía del escritor?


AJ: - Dificultades no hubo: la madre me contaba tanto. El, no: decía que era el tema que menos le interesaba. En esa época (1964) Borges era muy conocido entre los escritores, pero combatido por motivos políticos. Los peronistas entonces eran en su mayor parte analfabetos, pero la izquierda, más instruida, lo criticaba por no estar comprometido en la causa de ellos. Hoy nadie se anima a cuestionarlo. Mi biografía fue por esto un poco polémica.


ADM: - Hábleme, por favor, Alicia, de su colaboración con Borges en la escritura del libro ¿Qué es el budismo?


AJ: - Ambos nos habíamos interesado por el tema mucho antes de que la editorial pidiera el libro. Cuando Borges me visitó en mi estancia [Estancia “El Retiro”, en Tapalqué] con su madre empezábamos a escribirlo; por eso las referencias a Heráclito y Gautama en el poema que me dejó en el álbum de visitas, dictado a su madre. El poema se publicó en La Rosa Profunda con el título de “Estancia «El Retiro»”. Después hubo un largo intervalo en que no quiso seguir trabajando, hasta que se resolvió a retomarlo y se publicó. Como explico en el prólogo, él lo redactó y yo hice el trabajo de investigación y lectura.


ADM: - Para terminar, me gustaría qué me cuente cómo recuerda hoy a Borges.


AJ: - Leo a menudo sus poemas y al hacerlo oigo su voz. A veces sueño con él. Lo que más me aflige es no poder hablarle por teléfono para preguntarle algo, porque en materia de humanidades podía responderme siempre.



sábado, 3 de julio de 2010

Prólogo del libro sobre Victoria Ocampo y la India, por China Zorrilla

Conocí a Victoria Ocampo en Mar del Plata. Yo estaba haciendo una obra allá y en un momento, antes de que empezara la función (yo estaba en el camarín, todavía) se sintió que algo pasaba en la sala: había entrado Victoria, que no pasaba desapercibida así nomás: medía un metro con setenta centímetros y, aunque tenía casi ochenta años, seguía siendo una mujer espléndida.
Después que terminó todo, yo esperaba que me fuera a saludar, que me dijera algo. Pero no, no fue; ni bolilla… Sin embargo, al día siguiente me mandó una carta donde ponderaba mucho lo que había visto la noche anterior y me pedía que fuera a tomar el te a su casa.
Cuando llegué a Villa Victoria, me estaba esperando. Tomamos el té en el comedor y hablamos muchísimo. Ahí, durante esa conversación, descubrimos que teníamos muchas cosas en común: Victoria tenía cinco hermanas y yo cuatro; las dos hablábamos perfectamente el francés porque habíamos pasado parte de nuestra infancia en París; las dos amábamos el teatro (Victoria quiso ser actriz, pero la familia no se lo permitió); y las dos admirábamos incondicionalmente a Gandhi.
Desde esa tarde, en Mar del Plata, nos vimos con frecuencia hasta su muerte. En esas visitas, Victoria no dejaba de sorprenderme: ¡me hablaba de Gandhi y de Tagore con el mismo entusiasmo que recitaba Phèdre o me decía que el galán de la novela de la tarde no sabía besar o me daba detalles del safari que hacía para conseguir las medialunas que le gustaban! Porque Victoria Ocampo tenía ese “algo” que le permitía pasar de ser una escritora cultísima a una comadre de barrio sin que se le moviera un solo pelo. Y esa fue la Victoria que yo conocí.
El día que Victoria murió yo estaba en Montevideo. Me acuerdo que estaba sola, en la vereda de una confitería, y compré La Nación para ver qué pasaba en Buenos Aires. Al abrirlo leí que había muerto Victoria Ocampo y me puse a llorar. Lloraba como loca; la gente me preguntaba si estaba bien y yo ni siquiera podía contestar. Ahí me di cuenta de cuánto la quería a Victoria y de que habíamos sido realmente amigas.
Hoy, a treinta años de la muerte de Victoria, creo que no hay nadie que se le parezca. Por eso cuando Axel me leyó este trabajo, me dio la impresión de reencontrar esa Victoria que conocí y que decía que era ciudadana de esa India que nunca había pisado pero que tanto quería por lo que habían significado en su vida Tagore, Gandhi y Nehru.


China Zorrilla

"Borges es el único escritor verdaderamente grande" - Entrevista a Leopoldo Brizuela

Jorge Luis Borges fotografiado por Bioy Casares
(Colección particular de A.D.M.)


“Borges es el único escritor verdaderamente grande”

Leopoldo Brizuela, uno de los grandes escritores argentinos contemporáneos, con su particular estilo nos habla de la literatura argentina posterior a Jorge Luis Borges y de la influencia borgeana en las actuales generaciones de escritores.

- ¿Puede establecerse un antes y un después en la literatura argentina a partir de Borges?.

- Sin duda. Su uso de la lengua. En un proceso lento y trabajoso, consiguió llevar a la literatura escrita una entonación, un fraseo, una sintaxis que rompen claramente con el español de España, sin necesidad de impostaciones ni abusar de localismos. Todos escribimos en esa lengua, se lo confiese o no; a lo sumo, seguimos creando en esa lengua, modificándola.

- ¿Existe algún tipo de influencia borgeana en los actuales escritores argentinos?.

- Muchísima. Borges puede ser detectado por presencia -en el uso de la lengua del que acabo de hablar, en cierto fuerte matiz “teórico” de las ficciones, etcétera, incluso (menos, desafortunadamente, porque creo que lo mejor de Borges está en la crítica breve y en las hipótesis geniales que dice así como al pasar) en ciertas temáticas- o por ausencia, digamos, en aquellos que escriben “para no ser Borges”, usando el catálogo de lo que quedó afuera.

- ¿Puede decirse que la nueva generación de escritores tiene temor de que la temática o el estilo de sus obras se asocien con las de Borges?.

- Sí, claro. Por un lado, ciertos escritores sienten su enorme peso como algo asfixiante. Por otro lado, mucho menos comprensiblemente, y por razones que sería ocioso explicar aquí, avergüenza la vinculación con Borges, porque es, internacionalmente e institucionalmente, el único escritor verdaderamente grande, y la gente prefiere el papel de transgresor mediocre al de aplicado discípulo, por creativo que éste sea. Son modas, creo. No podemos decir que quedará.

- ¿Cómo definirías la literatura argentina posterior a Jorge Luis Borges?.

- Con una sola palabra: argentina.

Axel Díaz Maimone



Borges en imágenes por Axel Díaz Maimone


Parado frente a una de las bibliotecas de mi casa, miro las fotografías que comparten estante con los libros: Victoria Ocampo eternamente joven y espléndida, con un sombrero de fieltro y un collar de perlas; Silvina Ocampo en su escritorio, apenas sonriente; los Bioy en la playa de Mar del Plata, cuando escribían Los que aman odian; Adolfo Bioy Casares, en varias etapas de su vida y en distintos lugares; Manuel Mujica Lainez, con su monóculo y sombrero inglés; Borges, a principios de los años ’60, en una foto que le sacó Bioy; Borges, en el living de su casa, acompañado por Alicia Jurado; Alicia y Borges, el día de la incorporación académica de la escritora… Me detengo ante estas últimas imágenes y recuerdo las palabras de María Esther Vázquez: “Adolfito [Bioy Casares] decía que era muy difícil fotografiar a Borges porque cuando sabía que tenía que posar se acomodaba el pelo, fruncía los labios y se ponía tenso e inexpresivo”.
Sostengo en mis manos la foto de Bioy. Borges, serio, de riguroso traje oscuro y camisa clara parece mirar algo que escapa al contexto de la imagen. Pienso que tal vez podría haber estado atento a una conversación (¿con el padre de Bioy, con Silvina, con alguna de las personas que solían cenar en casa de los Bioy?), y que al advertir la presencia de su amigo, posó para la fotografía tal como me dijo María Esther.
Devuelvo la imagen a su lugar y agarro otra. La instantánea fue tomada en el living del departamento de Borges, a fines de 1975. Doña Leonor había muerto meses antes, y el poeta -que vivía con Fani, la mucama- pasaba largas horas en compañía de sus amigos. Sentados en un sillón, Alicia y Borges conversan y parecen no haberse dado cuenta de que los fotografiaban. En el revés de la cartulina, segundos antes de dármela, Alicia escribió: “Guardo, no sin melancolía, la imagen de aquel hombre solitario en su noche sin fin”; son las últimas palabras de un poema que le escribió a Borges cuando se cumplieron veinte años de su muerte y que conservo junto a escritos que ella me ha regalado y a las tantas cartas que hemos cruzado desde hace tiempo hasta la actualidad.
Una última fotografía, de 1981, muestra al autor de Ficciones conversando con Alicia, esta vez en la Academia de Letras. Fue sacada después del acto en el cual se presentó a la escritora como sucesora de Victoria Ocampo en la Institución. Ese día, Borges la recibió con un emotivo discurso, y ella lo agradeció y leyó unas páginas de homenaje a Victoria en las que ahondaba en su labor literaria.
Estas tres imágenes de Borges me han acompañado durante años. Las recibí de manos de personas cuya amistad valoro sobremanera y forman parte de esos tesoros personales que ningún ladrón se atrevería a llevarse (sí, gozan de ese privilegio; por eso espero que sigan a mi lado hasta el final)

Axel Díaz Maimone

Borges y Victoria Ocampo por Axel Díaz Maimone


Victoria Ocampo y Jorge Luis Borges se conocieron en 1925, a través de Ricardo Güiraldes. Según contaba la madre de Borges, eso fue cuando su hijo habló sobre “El idioma de los argentinos”, y al día siguiente recibió una carta de V.O. donde lo felicitaba por su conferencia y le pedía que la recibiera para conversar sobre el tema. Así, surgió entre ellos una amistad que contempló ciertos roces o asperezas.
Cinco años después, cuando Victoria Ocampo decidió fundar la Revista SUR por consejo de Waldo Frank, Borges estuvo a su lado. Borges fue un hombre de SUR, pese a que no le gustaba que lo llamaran así; estuvo en el consejo de redacción de la Revista desde que se fundó, y colaboró en sus páginas hasta el final. SUR fue la única publicación que homenajeó a Borges con un número especial cuando la Comisión de Cultura le negó el Premio Nacional de 1941 por El jardín de senderos que se bifurcan. Y gracias a las gestiones de Roger Caillos, que pasó en Argentina la II Guerra Mundial como huésped de SUR y tradujo los cuentos de Ficciones, Borges fue conocido en toda Europa.
Diálogo con Borges
En varios de sus Testimonios y en muchas páginas de SUR y de los principales diarios y revistas del país y del exterior Victoria Ocampo habló de Borges. Pero, quizás, el mejor reconocimiento que Victoria le dio al poeta fue Diálogo con Borges; con ese libro le demostró su amistad y su admiración.
La conversación entre Victoria y Borges, a medida que van pasando las páginas del álbum fotográfico que Leonor Acevedo de Borges le prestó a Victoria y que ellos comparten con el lector, es interesante y reveladora. Gracias a Victoria descubrimos un Borges distinto del que aparece en los libros de entrevistas (el Borges que habló con Victoria una tarde de 1967 en San Isidro solo es comparable con el que nos ofrece María Esther Vázquez en sus diálogos). Aquí, el autor de El Aleph da rienda suelta a sus recuerdos, habla de sus antepasados, de sus padres y de su hermana, de su vida, de los lugares que quiere. Como sentenció Bioy Casares, Diálogo con Borges es “un libro valioso, además de divertido” .
Manuel Mujica Lainez, amigo de Borges y de Victoria Ocampo, fue el encargado de presentar el libro. En el acto, Mujica dijo: “Es como si los diversos personajes que en el libro figuran y los dos conversadores fuesen contemporáneos entre sí y estuviesen situados, simultáneamente, en un aire, más allá de los días que convoca para la historia, en pie de igualdad, a seres cuyas existencias y cuyos pensamientos se vinculan con lo profundo del alma argentina. […] Aunque Victoria se ha empeñado en despojar al libro de intimidad y en hacer de él un testimonio lo más objetivo posible, advertimos, al ir de una página a la otra, el calor y el resplandor que brotan de los sentimientos hondos. […] No hay duda de que el libro que hoy se lanza proclama, escuetamente, sencillamente, la madurez de la literatura argentina, pues una literatura que solicita, que exige la aparición de textos como los que comentamos, reclamados por el público, ansioso de saber más y más acerca de sus escritores, ha logrado una calidad
equiparable a la que distingue en los países de alta tradición cultural, al mundo del espíritu”.
Victoria corrige a Borges
A mediados de la década de 1960, Jean de Milleret entrevistó al autor de Ficciones y luego publicó esas conversaciones bajo el título de Entretiens avec Jorge Luis Borges (Belfond, París, 1967). Nuestro escritor dijo unas cuantas inexactitudes, en lo que a SUR se refiere, y Victoria no las dejó pasar. Enseguida le pidió que corrigiera las erratas, para luego olvidarse del tema. Y cuando apareció la edición española del libro (Monte Ávila, Caracas, 1970) volvió a encresparse al comprobar, horrorizada, que nadie había tenido en cuenta sus observaciones.
Desde Mar del Plata le escribió a María Renée Cura, su gran amiga: “Querida Miné: […] No sé si viste en La Nación (suplemento) del 6 de febrero una nota sobre las Entrevistas de Borges – Milleret, traducidas y publicadas en español en Caracas. Aquí no las habían querido publicar por las cosas hirientes (gratuitamente) que Borges y Milleret se ingeniaron en juntar en ese libro. // Me resultó muy indignante volver a leerlas en español y resolví contestarlas. […] ¿Por qué hará perradas así? Vivimos en planos tan distintos que no se explica. Él no tiene motivos para sentir rivalidad con nadie y menos conmigo, que estoy como dije en otro plano. Además no debe apreciar nada de lo que yo escribo… (si es que lo leyó alguna vez, cosa dudosa)” .
La sinceridad de la carta de Victoria se pone de manifiesto en “Fe de erratas” (Testimonios, novena serie), la nota que envió a La Nación corrigiendo los dichos de Borges. Allí habla con tal simpleza que cualquier persona se hubiera puesto de su lado. Y no duda en largar algunos dardos, con puntería certera, contra Borges y sus declaraciones. Esa nota fue un desahogo y, al mismo tiempo, un acto de justicia.
Una callada amistad
En las muchas páginas que Victoria le dedicó a Borges, siempre valoró su talento, su inteligencia, sus méritos. Para ella, Borges era Borges; nunca lo llamó por su nombre ni lo tuteó, pero lo sentía su amigo. Quizás basten dos citas para ejemplificarlo: la primera (leída hace mucho en una separata de SUR que se ha perdido en mi biblioteca) dice “Lo admira, su amiga Victoria Ocampo”; la segunda: “A Borges le llevo una ventaja: lo conozco. La recíproca es improbable. Lo admiro. La recíproca es impensable” (Testimonios, novena serie).
Borges, que habló de Victoria en contadas ocasiones, dijo con motivo de su muerte: “Personalmente, le debo mucho a Victoria Ocampo. Pero le debo mucho más como argentino”. Esa declaración, publicada en La Nación en febrero de 1979, se complementa con otra que apareció en La Prensa unos meses después, que terminaba diciendo que en el momento de la muerte de Victoria Ocampo, se había dado cuenta de lo que ella había significado en su vida y que, a partir de entonces, había empezado entre ellos una “callada y verdadera amistad
1-Carta de A.B.C. a V.O. fechada en Mar del Plata el 15 de marzo de 1969
2-Mujica Lainez, Mauel: Páginas de Manuel Mujica Lainez seleccionadas por el autor. Editorial Celtia, Buenos Aires, 1983. Pág. 120-122
3-Carta de V.O. a M.R.C. reproducida en Victoria Ocampo, de Patricio Loizaga. Ediciones Larivière, Buenos Aires, 2003. Pág. 86


Por: Axle Díaz Maimone

Bioy y Pardo. Por: Axel Díaz Maimone





Adolfo Bioy Casares, que en realidad se llamaba Adolfo Vicente Perfecto Bioy Casares, nació en Buenos Aires el 15 de septiembre de 1914. Sin embargo, pese a haber nacido en la ciudad, estuvo siempre en contacto con el Rincón Viejo, que fue escenario de su primer recuerdo: cuando “Adolfito” tenía alrededor de tres años cuando alguien le dijo que si miraba la Luna vería en ella un hombre con un burrito; entonces salió al patio de la estancia, acompañado por su padre, y miró largamente el iluminado satélite hasta que descubrió las siluetas.
Unos años después de ese primer recuerdo, entre fines de la década de 1910 y principios de la de 1920, la madre de “Adolfito” convenció a su esposo para que arrendara el campo a un viejo capataz de don Juan Bautista Bioy. Perder la estancia, para el chico, significó una tristeza profundísima. Era el lugar que más quería en el mundo. Y aunque pasaban largas temporadas en San Martín, el campo de los Casares en Cañuelas, no era lo mismo ni para Adolfo ni para “Adolfito”.
La desolación de no tener el Rincón Viejo acompañó a Bioy Casares por espacio de quince años, durante los cuales cursó sus estudios primarios y secundarios, empezó y abandonó las carreras de Derecho y Letras en la Universidad de Buenos Aires, escribió sus primeros libros y conoció a Borges y a Silvina Ocampo. Por eso, cuando en 1935 el contrato de arrendamiento llegó a su fin, el joven escritor pidió a su padre que lo dejara administrar la estancia. Y, como consiguió su propósito, se mudó al campo.
“Adolfito”, según contaba él mismo y quienes lo conocieron, fue un pésimo administrador. De no haber sido por la presencia de Oscar Pardo, que era quien manejaba realmente la administración de la estancia, el Rincón Viejo habría desaparecido. Porque Bioy, aunque adoraba el lugar, no tenía demasiados conocimientos.
A poco tiempo de haberse instalado en Pardo, Bioy Casares llevó para allá a su novia, Silvina Ocampo. Con Silvina, que era once años mayor, vivieron en concubinato en el Rincón Viejo unos cinco años. Me ha dicho Alicia Jurado que “en esa época, Adolfito y Silvina eran la comidilla de la gente de Pardo; todo el mundo hablaba de ellos”. Sin embargo, a ninguno de los dos le importaba; eran felices así.
Durante los primeros años de vida en común, Adolfo y Silvina mejoraron notablemente la casa, la volvieron a poner en condiciones habitables y agregaron unas deliciosas estatuas en la galería. En un diálogo con Noemí Ulla, Silvina contó: “Íbamos a visitar a Borges en Adrogué y me fascinaban las estatuas de una casa que tenía en cada ángulo como cuatro nichos, es decir, cuatro lugares que parecía que habían sido edificados para las cuatro estaciones. Cada vez parecía más abandonada la casa y habían empezado a destruir la tunica del Invierno para hacer pedregullo. […] A un hombre que trabajaba en casa de los padres de mi marido, un italiano muy resuelto que sabía tratar a la gente y convencerla, le pedimos que fuera a ofrecer lo que se le ocurriera por las estatuas. Fue, y en seguida aceptaron, creían que no valían nada. Yo estaba en el campo y las trajeron en unos cajones, bastante destruidas; la del Invierno sin cabeza, a otra le faltaba un brazo. Yo hice una cabeza con material que había en la casa del campo, porque estaban refaccionando. Nunca supe qué material era, durísimo. Le hice una cabeza más grande; parecía una escultura de otra época y eso le daba más fuerza, como esas de Chartres, muy ingenuas y muy antiguas; había contraste con las otras, tan minuciosas y chiquitas”.1 También repusieron muchos árboles, compraron ganado, y, con la ayuda de Oscar Pardo, reflotaron el Rincón Viejo.
Después de casi cinco años en Pardo, los Bioy se volvieron a Buenos Aires. Desde entonces, alternarían entre la gran ciudad, las playas de Mar del Plata y el campo. Prácticamente podría decirse que vivían en Buenos Aires de abril a noviembre, y que antes de ir al balneario, o al volver de él, pasaban unas semanas en Pardo.
Según el relato de Jovita Iglesias, el ama de llaves de Bioy y Silvina durante cincuenta años, cuando los Bioy se disponían a partir para el campo, Silvina se sentaba en un sillón de la sala y pedía que la dejaran sola; aparentemente rezaba. Como Bioy ya estaba listo para salir y Silvina no dejaba el sillón, él se ponía nervioso y la gritaba, y recién ahí podían arrancar.
En el campo, los Bioy se levantaban temprano, desayunaban y salían a caminar o a cabalgar. Volvían al casco y se sentaban a leer o a escribir, “Adolfito” en el escritorio y Silvina en la galería. Almorzaban, dormían la siesta, tomaban el te, y salían a caminar otra vez y a la tardecita Bioy volvía al escritorio y Silvina se acostaba a escribir o a pintar. Por la noche, después de cenar, jugaban al truco en el comedor, hasta la madrugada.
Los primeros libros de Bioy
Adolfo Bioy Casares escribió su primer cuento, “Iris y Margarita”, a los nueve años. Esa ficción, elaborada para enamorar a una prima, marca el comienzo de su carrera literaria: a partir de entonces, no dejaría de escribir.
En 1929, cuatro años después de haber escrito sus primeras páginas, Bioy publicó un libro misceláneo que tituló Prólogo. Con el paso del tiempo, el escritor se avergonzó de ese libro, pero nunca dejó de agradecerle a su padre las acertadas correcciones y la edición del volumen. Lo mismo ocurrió con todas las publicaciones anteriores a La invención de Morel: Diecisiete disparos contra lo porvenir (1933), Caos (1934), La nueva tormenta o la vida múltiple de Juan Ruteno (1935), La estatua casera (1936) y Luis Greve, muerto (1937).
Han quedado unas cuantas anécdotas referidas a esos primeros libros de Bioy. Transcribo aquí dos, que me contaron en distintos momentos Jovita Iglesias y Alicia Jurado. Jovita leyó en Rincón Viejo las primeras publicaciones de Bioy Casares, y rememora: “cada vez que el señor Adolfito me veía leyendo eso me decía «Jova, dejá esas porquerías», pero a mí me divertían y seguía leyéndolos”. Alicia, por su parte, recuerda: “Cuando Adolfito publicó los primeros libros, Papá le decía a Mamá: «¡Pobre doctor Bioy! Tiene un hijo al que le da por escribir y publica unos libros que no entiende nadie» Es cierto que eran incomprensibles; Adolfito era muy joven”.
H. Bustos Domecq
Hacia 1937 empezaron las colaboraciones de Borges y Bioy. Miguel Casares, uno de los dueños de la Lechería La Martona, le había pedido a su Adolfo un folleto sobre las bondades del yogur, y éste le propuso a Borges escribirlo juntos.
Bioy Casares invitó a Borges al Rincón Viejo, para poder trabajar cómodamente y sin interrupciones. Viajaron a la estancia, y pasaron una semana allá, escribiendo. Alternaban la redacción del folleto con otros proyectos literarios: un soneto y un cuento. Y justamente con ese folleto, ese soneto y ese cuento, nació Honorio Bustos Domecq, un autor que no se parece en nada a las obras individuales de Borges y Bioy, y que, como ya se ha dicho, lleva los apellidos de los bisabuelos de sus creadores.
El primer libro de Bustos Domecq, Seis problemas para don Isidro Parodi, fue publicado por SUR en 1942. A esos cuentos le siguieron otras trabajos en colaboración: más cuentos, traducciones, y dos guiones cinematográficos, que fueron escritos tanto en Buenos Aires como en Pardo y Mar del Plata a lo largo de cuatro décadas.
Silvina empieza a escribir
A mediados de los años ’30, y por consejo de Bioy, Silvina Ocampo empezó a escribir. Pero dedicarse a la literatura implicó un cierto alejamiento de la plástica, porque ella, para entonces, ya era una pintora reconocida (había estudiado con Giorgio De Chirico, y frecuentó el taller de Fernand Léger). Y a Bioy le dolió: él quería que Silvina escribiera y que no descuidara la pintura.
Los primeros textos de Silvina Ocampo datan de la época de su llegada a Pardo. De esos años son sus primeros cuentos, que tienen un gran caudal anecdótico, sobre todo, de recuerdos de la infancia propia. Viaje olvidado, el primer libro de Silvina, publicado en 1937, reúne varios de esos trabajos; en ellos se advierten ya varios de los temas que marcarían la producción de la escritora: la presencia de los niños, la fascinación por la crueldad, esas descripciones que hacen que el lector se sienta parte del relato, el gusto por la comida y la botánica…
Silvina escribió mucho en Rincón Viejo. Una gran cantidad de sus obras -tanto éditas como inéditas- fueron escritas allá; y no pocas la tienen como escenario. A su vez, en sus cuentos y poemas, la zona cercana al campo de los Bioy aparece con frecuencia.
Casamiento en Las Flores
A fines de la década de 1930, “Adolfito” y Silvina decidieron casarse después de cinco años de vida en común. Según María Esther Vázquez, fue el Doctor Bioy quien le dijo un día a su hijo “¿por qué no se dejan de pavadas y se casan?”. Lo cierto es que la mañana del 15 de enero de 1940, “Adolfito” le anunció a Oscar Pardo que se preparara porque con Silvina se iban a casar, y el administrador, que entendió cazar, apareció enseguida con las escopetas.
Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo contrajeron matrimonio en Las Flores el 15 de enero de 1940. Primero tuvo lugar la ceremonia civil, con Jorge Luis Borges y Enrique Drago Mitre como testigos; y luego la religiosa, en la Parroquia de Nuestra Señora del Carmen, cuyos padrinos fueron el Doctor Bioy y Angélica Ocampo, la hermana preferida de Silvina. He visto las actas de matrimonio -gracias a Lucila Beaudoin, Nora Genaro y el Padre Guillermo Di Pasquale- y en ninguna de ellas aparece el nombre de Oscar Pardo, a quien Bioy menciona como testigo de su matrimonio en las Memorias.
María Esther Vázquez recuerda que Silvina mandó dos telegramas participando de su casamiento: a Pepe Bianco le escribió “Beaucoup de mairie, beaucoup d’eglise. Don’t tell anybodini. What verano” [Mucho Registro Civil, mucha Iglesia. No se lo digas a nadie. Qué verano]; mientras que a sus hermanas Victoria, Francisca y Rosa les mandó apenas “Caséme con Adolfito. Besos. Silvina”. Seguramente, la brevedad del telegrama habrá hecho pensar a las Ocampo que la tacañería de Silvina seguía intacta.
La invención de Morel
Después de seis libros de los cuales se arrepintió, Bioy entrevió en el Rincón Viejo el argumento para una nueva novela: La invención de Morel. Tres años le llevó escribir la historia del fugitivo que llega a una isla huyendo de una condena, y se encuentra con un grupo de personas entre las que se destaca una joven que lo enamora pese a que no cruzaron ni una palabra; mueve todos los medios a su alcance para conquistarla hasta que descubre que es una proyección, entonces él mismo se graba en una cinta junto a ella, sabiendo que morirá pero que es la única forma de permanecer juntos, inmortales, en el rollo de la máquina.
Bioy Casares, desde el escritorio de la estancia, se adelantó en muchos años a la invención de la televisión. Y cuando terminó el manuscrito y se lo mostró a Borges, éste lo consideró perfecto.
La invención de Morel apareció en 1940. El libro está dedicado a Jorge Luis Borges, que le hizo un prólogo memorable, y tiene en la tapa un dibujo de Norah Borges. Fue la primera gran obra de Bioy, y por ella recibió el Premio Municipal de la Ciudad de Buenos Aires en 1941
Un lugar en el mundo
Adolfo Bioy Casares solía decir que la estancia Rincón Viejo era su lugar en el mundo. Allí escribió lo mejor de su obra: La invención de Morel, El sueño de los héroes y Memoria sobre la pampa y los gauchos, entre otras páginas memorables; y allí pasó muchos de los momentos más agradables de su vida. Y cuando ya su salud le impedía ir al campo y disfrutar como antaño, bastaba que le mencionaran el nombre del Rincón Viejo para que se le quebrara la voz y se le llenaran los ojos de lágrimas. Quizás fue ese el motivo por el cual, para su último cumpleaños, la gente del restaurant Lola le hizo grabar en un plato las palabras que él solía usar cuando hablaba del campo: “Para mi padre, que nació allá, y para mí, que hubiera querido nacer allá, fue siempre el pedazo más querido de la Patria”.



Axel Díaz Maimone